martes, 7 de enero de 2014

EL PEZÓN DE LÁTEX




ARTE CONTEMPORÁNEO-  MACAO
Le engañaron. Desde el primer día de su vida, le engañaron. Le quitaron el pezón de carne; jugoso y dulce pezón del que manaba el néctar proteínico, completo en defensas, caliente en su punto justo.
En su lugar le llenaron la boca con látex, rígido y áspero, con un enorme agujero para aliviar el esfuerzo de la succión, pero se  atragantaba tragando dosis de aire que hinchaba sus intestinos y el esfuerzo por eliminarlo era un suplicio. Del látex manaba un néctar sintético, elaborado,  con las mayores garantías de sanidad y los procesos más avanzados en imitación con la leche natural materna.
Pero el hambre obliga y a esa edad, principio de la edad, lo único realmente importante es comer y comer, eliminar y dormir.
 En su formación ósea, en sus incipientes neuronas, en su inexperto conocimiento del medio en el que se encontraba, él ya  intuía que todo era un engaño.
Sus ojos, cuando no dormía, investigaban colores y formas; sus oídos prestaban atención a la musicalidad de las palabras, por su tono, sabía si le acariciaban o si estaban enojadas; se arañaba con sus propias manos, en ese desajuste de los movimientos impulsivos intentando agarrar  inútilmente el aire.
Su vocabulario era gestual, sonoro y expresivo. Lloraba por hambre o por incomodidad física. Reía bobamente si estaba satisfecho y bien alimentado.
Era el centro de atención de sus progenitores, el juguete vivo con mecánica genética, el sucesor de edades, la continuación de la especie, el deseo cumplido, el desvelo, la creación, la siguiente generación…
Pero todo era un engaño. Lo supo el mismo día del cambiazo; el pezón por el látex.






Creció. Su nivel de realismo no superó la prueba; su tolerancia desprovista de muros con los que proteger la fragilidad dejó al descubierto un ser incapaz de soportar la dureza de la vida.
Encerrado en la magnitud de un paraíso sin dolor, donde el único esfuerzo consistía en seguir vivo sin preguntarse las causas ni analizar el proceso. Sus ojos, cuando no dormía, se introducían en los colores, mezclándose con ellos, absorbiendo la luz, desechando las sombras, navegando en un arco iris evitando las líneas rectas. Sus oídos captaban el sonido del mundo girando en su incansable monotonía, mezclando llantos y risas en una orquestada sinfonía, languideciendo hasta el orgasmo, donde nacían niños equipados con engaños.
Sus extremidades sincronizaban. Caminaba por laberintos sin salida, encontrando la única posible dentro del mismo laberinto; allí, entre retorcidos itinerarios, perseguía el néctar blanco y refinado, succionando la vida envasada en látex.
Sus manos apresaron el aire, respirando libertad sin límites, reventando sus arterias, estallando en luminosos fuegos artificiales que cada vez exigían una mayor altura donde estallar con mas ruido.
Un mundo sin dolor, una realidad sin engaños, un éxtasis continúo donde fraguar posibles eternidades libres de metamorfosis, ceder ante la vida insuflando el néctar de su mismo pezón, sin látex, sin agujeros, sin excesos de aire de aire.
Engaños sucesivos para mantener el ritmo.
Sus progenitores no descartaban la posible intromisión de un gen patológico, herencia de algún antepasado, un posible descarrilamiento en las vías de sucesión, una tara, un ajuste de cuentas, una desviación fortuita, un desarreglo emocional…
Algo había interferido en aquel nacimiento normal decantándolo hacia la anormalidad.
No existía comprensión posible. Le dieron todo, le amaron hasta olvidarse de sí mismos, le bautizaron, hizo la primera comunión, su bicicleta, su coche, su móvil, su alta fidelidad, sus copas, chicas, amigos, universidad…que más quería?
Que podía existir más allá de todo lo conocible?  Acaso existían mundos inaccesibles para la normalidad conocida?
Sangre de la misma sangre, con los mismos ingredientes, las mismas plaquetas, idénticos circuitos…
Impotentes asistían al deterioro, sin conexión posible hacia las causas que lo provocaban.
Encerrado en su propio mundo, subsistiendo en dosis de realidad producto del engaño, fue mermando su esencia, exigiéndole el cuerpo aquello que ya no toleraba.
Amaneció un día sin ojos, sin oídos y sin extremidades. El dolor reclamaba en exceso ser apaciguado. 

Estalló.
EVA CANTERO